La Criticona 

La Criticona 

Menú

Miscelánea literaria: cuentos, poemas y otros desvíos.

31 Jul 2026

Tepoztlán


Tengo un respeto sagrado por la lucha, por el amor y la rebeldía que hay en el estado de Guerrero. Tanto es así que la simple idea de vacacionar en el puerto de Acapulco me parece un sacrilegio. No he ido desde hace catorce años o poco más; perdí la cuenta.

Esa es la lanza de la patria al mar y la zona de visitas turísticas de la ciudad capital por excelencia.

Pero Morelos también es un estado de lucha popular, de lucha territorial y de expulsiones por la defensa de los mismos territorios. Zapata es el estandarte máximo de esas resistencias locales, pero no hace mucho también estaba en esas localidades Rubén Jaramillo, así como las indudables luchas por tener territorios para sí mismos y defender las áreas naturales acosadas por los grandes corporativos.

Tepoztlán es un poblado mágico —consignado así por el turismo nacional—, pero posee una historia y una tradición milenarias. En la punta del cerro está dedicada una pirámide a Tepoztecatl, dios del pulque, la fertilidad y el viento. Al menos nosotros, en el siglo XXI, tratamos de honrar lo primero y lo segundo con las fiestas y las visitas amorosas a ese “pueblo mágico”.

Pero también sus pobladores han impuesto reglamentaciones sobre el volumen del sonido y el horario máximo para escuchar música a altos decibeles. Han intentado mantener costos bajos para sus habitantes y sostienen organizaciones en defensa del territorio natural y de su lugar de hábitat.

Pero la demanda está condenada a pecar. Diría el papa Francisco que debemos pedir perdón y no cansarnos, porque Dios no se cansa de perdonar; uno es quien se cansa de pedir perdón.

Por eso se profana recurrentemente esa zona. La única vez que fui llevé un libro de Rius sobre su residencia en ese poblado. Pero, de más chico, leyendo La panza del Tepozteco, la curiosidad y la búsqueda de vivir más o menos una aventura similar me llevaron ahí muchos años después.

****

Escalamos el cerro de manera poderosa, tanto que terminé, si no siendo sopa, sí como un champurrado muy aguado. El arte de ascender fue interesante; el arte de descender, como la vida misma, fue complicado.

La piedra alta que me ayudó, junto con las más pequeñas, al subir, la detesté al bajar, porque descendía como un oso panda cayendo terriblemente. Sólo quedaron algunos raspones y golpes que después olvidé. Agradecí haber bajado, aunque estaba tan disuelto que fuimos a cambiarnos; o, al menos, yo tuve que hacerlo.

Al salir, fuimos a caminar. El lugar de la comida sólo recibía efectivo y yo no llevaba. La modernidad me había hecho creer que comprar con tarjeta sería sencillo, pero el banco por aquellos días estaba cerrado y el más cercano se encontraba a unos cuarenta y siete kilómetros. Para pagar el taxi de ida tampoco tenía dinero. Poco fácil e ingenioso fui.

Compramos unas margaritas y nos fuimos a la casa que habíamos rentado. Recuerdo que intentamos ver una película y conversar, pero yo había quedado deshecho. Nos dormimos.

Pero el asalto de las deidades fertilizantes me animó a comenzar a tocarla y ella sólo dijo que para eso la había llevado. Hicimos el amor en la madrugada, con fuerzas obtenidas de algún lugar.

Al día siguiente nos levantamos, desayunamos con nuestras maletas en el mismo lugar donde habíamos comido el día anterior, caminamos a la parada del autobús y regresamos a la ciudad.

Quizá fui un imbécil, pero ya no hay remedio para corregirlo.

Lo pude haber hecho desde el instante en que perdimos nuestro viaje programado y tuve que comprar nuevos boletos para llegar.

Pero en mi error, en mi viaje, está contenido que la amé, la amo y la recuerdo como la diosa en el río, al pie del Tepozteco.


M.A.J.G

X